Cultura gastronómica

De almacén de barrio a templo de la carne y el vino: la esquina de Palermo con más de 70 años de

Una esquina icónica de Palermo que empezó como almacén familiar en los años 50 hoy es parada obligada para los amantes de la carne argentina y los vinos locales. Conocé la historia y los secretos que la mantienen viva.

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Cortes de carne dorándose sobre una parrilla con brasas
(CC BY 4.0 — libre difusión con atribución a Q Company)

La esquina de Scalabrini Ortiz y Guatemala, en pleno Palermo, guarda más de siete décadas de historia barrial. Lo que empezó como un modesto almacén de ramos generales en los años 50 se transformó con el tiempo en un referente de la carne argentina y los vinos de calidad, sin perder nunca esa esencia de barrio que lo hace tan especial.

En los primeros tiempos, el lugar era el típico almacén donde las familias del barrio compraban de todo: desde yerba y fideos hasta carbón para la plancha. Los dueños, inmigrantes italianos, atendían con delantal blanco y conocían a cada cliente por su nombre. Los sábados por la tarde se armaba la cola para el queso y el salame, y los chicos volvían con caramelos de anís.

Con el paso de los años y los cambios del barrio, la familia decidió evolucionar el negocio. En los 90 incorporaron un pequeño mostrador de carnes y empezaron a vender cortes seleccionados. La movida tuvo tanto éxito que en 2005 decidieron dar el salto definitivo: renovaron el local manteniendo la fachada original y crearon un espacio donde la parrilla y la bodega son protagonistas.

Hoy el lugar funciona como parrilla-restaurante con una selección de vinos que pone el foco en productores argentinos. La carta de carnes incluye cortes clásicos como ojo de bife, bife de chorizo y vacío, siempre con proveedores de confianza de las pampas. Pero lo que más se destaca es el trato cercano: los mozos explican cada corte como si estuvieran charlando en la vereda.

Los vinos también cuentan su propia historia. La bodega tiene más de 300 etiquetas, con fuerte presencia de Malbec de Mendoza, Cabernet de Salta y blends de la Patagonia. Muchas botellas vienen de pequeñas bodegas familiares, las mismas que visitan los dueños una vez al año para traerlas personalmente.

Uno de los secretos mejor guardados es la parrilla a la vista, construida con ladrillos recuperados del almacén original. Ahí se cocinan los cortes con leña de quebracho, tal como se hacía en las antiguas fondas del barrio. Los comensales pueden ver cómo el asador prepara cada pieza con la paciencia de quien sabe que la buena carne no se apura.

La esquina también conserva anécdotas entrañables. Vecinos cuentan que durante la crisis del 2001 el lugar se convirtió en punto de encuentro donde se cambiaban favores por mercadería. Hoy, en 2026, sigue siendo punto de reunión para familias, turistas y trabajadores del barrio que buscan una comida rica sin postureo.

Si vas un mediodía de semana, podés pedir el menú ejecutivo que incluye entrada, corte del día y una copa de vino de la casa. Para la noche, la recomendación es reservar una mesa en la vereda y dejarse llevar por las sugerencias del sommelier, que siempre tiene alguna botella que marida perfecto con el asado.

Esta esquina demuestra que la gastronomía porteña puede evolucionar sin olvidar sus raíces. Un lugar donde el olor a parrilla se mezcla con el del pan recién horneado que todavía venden en el pequeño mostrador de la entrada, como homenaje al almacén original.

Consejo práctico: si querés llevarte un pedacito de historia a casa, pedí unos chorizos o morcillas para la parrilla del domingo. Salen más económicos que en cualquier delivery y vienen con la receta familiar del chimichurri que usan en el local.

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